| Los mayores poseen, como dijera Aristóteles, sobre todo pasado, y en él, tesoros. La memoria constituye uno de sus fuertes, pero también ésta se pierde en ocasiones. Más difícil es perder la memoria del corazón, esa en la que habitan los afectos vividos y que de manera un tanto misteriosa se mantiene viva y capaz de ser estimulada con la calidad de los cuidados: el amor traducido en gestos sencillos, en juegos de miradas, en caricias y besos, en abrazos y pocas palabras pero auténticas- de reconocimiento sincero y de admiración ante el misterio de la vida. |